La temporada del rugby de invierno se abrió como un libro empapado, el domingo, en el estadio de la Vidalie, en las afueras de Aurillac, en el Cantal. Una de esas obras con encuadernación cargada de lluvia, cuyas páginas se pegan a los dedos y donde cada jugada deja un rastro marrón en las camisetas. Arpajon-sur-Cère dominó a Belvès 30 a 8, en Fédérale 2, pero es poco decir que el tiempo tuvo el papel principal. No solo se jugaba un partido: se enfrentaba un clima, un estado de ánimo, un cielo encolerizado. «A los grandes les gusta, seguro…, suspiró un ala de la reserva, en el momento de salir al «prado» con el primer equipo. Pero nosotros no tocamos un balón en todo el partido.»

Frío que muerde, lluvia helada

El viento, primero, ese «flanker invisible» que invierte las trayectorias, azota las caras y convierte las patadas altas en botellas al mar. Después la lluvia, intensa, cerrada, obstinada, capaz de borrar las líneas blancas y pesar los apoyos. Por último, el barro, esa vieja aliada del rugby rural, que traga los tacos, enreda las intenciones y termina cubriendo a todos del mismo tono fraternal.

Ya no se distinguen los puestos, apenas los equipos: solo siluetas inclinadas, respiraciones cortas, y esa obstinación común de ir más allá del siguiente charco. «Ya ni se ven las caras de los jugadores, es un infierno«, soplaba René Lavergne, un abuelete habitual, que se preocupa de limpiar sus gafas. Y eso que la nieve caída a mitad de semana se había fundido. Dejando paso a un frío que muerde y una lluvia helada.

En este escenario de finales de noviembre, Arpajon logró imponer una forma de dominio paciente, casi agrícola. Los delanteros ararón el terreno como se vuelve a labrar un campo, con el método de los días difíciles: gestos cortos, cargas al milímetro, manos cerradas sobre un balón convertido en jabón. Belvès, valeroso, pero más frágil, intentó abrir el juego cuando se entreabría la ventana, es decir, pocas veces, pero el invierno no perdona lo impreciso ni los errores de manos. Hubo más pitidos del árbitro que puntos marcados por los jugadores del Périgord.

Pastilla de jabón

Y los de Cantal, ellos, no dejaron nada al azar. Su rugby, compacto y rugoso, parecía hecho a medida para ese cielo. Incluso se intentaron y lograron despejes desde el otro extremo del campo. Chervié, Mourgues y Verouil relanzaron desde su propio 22 para un ensayo de 80 m, prueba de que se puede domar y agarrar la pastilla de jabón. «Hay que intentarlo y si sale bien, mejor«, contaron. Una de sus pocas jugadas que salió bien. «El resto del tiempo, no tocamos mucho balón y no damos tres pases seguidos.«

A medida que el marcador se inflaba, que los tacos se hundían más profundo, los espectadores se apretaban los cuellos de los abrigos, metían las manos en los bolsillos, sacudían sus paraguas. Sin embargo, nadie abandonaba el estadio. Porque es aquí, precisamente, donde se pone a prueba la fidelidad a este deporte: en el barro, el viento en contra y los dedos que escuecen. «El rugby de invierno es también esto, un rito compartido donde el tiempo se convierte en un dialecto común«, se podía oír en medio del estruendo de la lluvia continua.

Rugby de terruño

Cuando el árbitro pitó el final, fue como cerrar la primera página de una larga temporada fría. Los jugadores, lavados más por la lluvia que por las duchas, sonreían sin que se supiera muy bien si era la victoria, el cansancio o esa mezcla de ambos lo que arrugaba sus caras. El público, por su parte, volvía a los coches dejando tras de sí finas firmas de barro.

En la Vidalie, este domingo, no solo hubo un partido, sino el recordatorio de que el rugby francés, lejos de los reflectores, sigue encontrando su verdad en esas tardes de mal tiempo donde se enfrenta tanto como se resiste. El invierno ha llegado. Y con él, este rugby de coraje, de terruño y de tierra. El que, a pesar de todo, da calor. El que se vive con pasión, pero lejos del sofá.