En un podcast presentado por Joe Marler, antiguo pilar del XV de la Rosa, Eddie Hall (1,88 m, 164 kg) habla de fuerza, de cuerpo y de límites. Entre risas, aflora un pasado más discreto: el de un adolescente que pasó por el rugby, mucho antes de convertirse en The Beast, alias «el hombre más fuerte del mundo». Un origen olvidado que ilumina de otra manera la trayectoria del coloso británico.

No se conocieron en un campo embarrado un domingo de invierno, sino en un estudio, con micrófonos abiertos y humor directo. Joe Marler, pilar emblemático del rugby inglés, recibe a Eddie Hall, antiguo World’s Strongest Man. El intercambio es libre, a veces absurdo, a menudo introspectivo. Y sin embargo, en el fondo, algo los une: una misma cultura del choque, una misma educación del cuerpo forjada muy pronto por deportes que no dejan pasar nada.

Antes de las cargas desmedidas, antes del peso muerto de 500 kilos que lo hizo entrar en la historia en 2016, Eddie Hall fue un adolescente de Staffordshire inmerso en el deporte de alta intensidad. Natación de competición, entrenamientos diarios y, entre esas disciplinas formativas, el rugby. Un rugby juvenil, sin carrera profesional ni hazañas registradas, pero lo suficientemente marcante para forjar una relación con el cuerpo y el esfuerzo.

«Un deporte en el que se aprende a aguantar»

Hall no habla de ello como de un sueño roto. No lo idealiza. El rugby forma parte del paisaje de sus años jóvenes, al describirlo como un «deporte colectivo duro, estructurante, donde se aprende a aguantar, a avanzar a pesar del impacto, a aceptar la jerarquía del grupo«. Para un adolescente ya robusto, ya potente, el rugby es una escuela de canalización. La fuerza bruta se tolera ahí, pero nunca basta.

Este paso por el rugby se inscribe en un recorrido personal accidentado. En la adolescencia, Eddie Hall abandona prematuramente el sistema escolar, atraviesa un periodo de profundo malestar y ve alejarse sus ambiciones deportivas iniciales, especialmente en natación. Pero el cuerpo sigue siendo central. A los dieciséis años, descubre la halterofilia. La lógica es implacable: pasar de lo colectivo a lo individual, de la melé al cara a cara con la carga.

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En sus conversaciones con Joe Marler, este deslizamiento resuena. Marler, antiguo pilar, «conoce esa frontera frágil entre la fuerza útil y la fuerza excesiva«. Cuando interroga a Hall, no es el récord lo que le interesa, sino lo que había antes: el aprendizaje de la dureza, la aceptación del dolor, la construcción de una identidad deportiva encerrada muy pronto en el cuerpo.

El rugby, en el caso de Hall, nunca se presenta como un «destino frustrado«. Es una base. Una disciplina entre otras, pero esencial en la formación de un atleta que se convertiría, en 2017, en el primer británico coronado World’s Strongest Man en más de veinte años. En esta trayectoria, el rugby aparece como una lengua primera: hablada brevemente, luego sustituida, pero nunca olvidada.

Al dialogar con Joe Marler, Eddie Hall deja ver lo que el palmarés no cuenta. Que los monstruos de fuerza no nacen en los gimnasios, sino en recorridos fragmentados, a menudo colectivos, donde el rugby ocupa a veces el lugar de la primera melé.