Están las imágenes. Paradójicas. El sol de Durban, el exotismo de un rugby globalizado, pero estadios que cuestan llenar. Y luego están las cifras, implacables, que el espectáculo ya no logra disimular. Desde la integración de las franquicias sudafricanas en las competiciones europeas, cada desplazamiento intercontinental se ha convertido en una anomalía climática…
Veinte mil kilómetros de ida y vuelta para disputar un partido de fase de grupos. El orden de magnitud, documentado por varios reportajes de prensa, entre ellos el de La Montagne, da vértigo. A esa distancia corresponde una realidad brutal. Entre 5 y 5,5 toneladas de CO₂ emitidas por pasajero. Es decir, para un jugador, el equivalente a dos o tres años de presupuesto de carbono compatible con los objetivos climáticos actuales.
El rugby, percibido durante mucho tiempo como un deporte arraigado en sus territorios, descubre así las paradojas de una globalización acelerada.
?VÉRITABLE ÉCHEC ! Pour la deuxième fois de suite, il n’y aura aucun club sud-africain en quart de finale de la Champions Cup ❌️ ?? #Rugby #Rugbycleek #ChampionsCup pic.twitter.com/q9Q4rTYOKq
— RugbyCleek (@RugbyCleek) April 8, 2026
El peso invisible de los desplazamientos
En los balances medioambientales del deporte, una partida eclipsa a todas las demás. El transporte. Según los análisis difundidos por Sami.eco y varios informes recientes, constituye la principal fuente de emisiones en las grandes competiciones. El rugby no es la excepción.
Un grupo profesional no son solo veintitrés jugadores. Es un staff ampliado, preparadores, médicos, material. Cincuenta o sesenta personas que embarcan en vuelos de largo recorrido. Al llegar, una cuenta climática que supera regularmente las doscientas cincuenta toneladas de CO₂ por un solo desplazamiento.
Multiplicado por una temporada, esta cifra cambia de escala. Ya no se habla de un exceso puntual, sino de un modelo estructuralmente emisor.
El contraste resulta aún más llamativo porque, al mismo tiempo, los discursos institucionales se quieren virtuosos. La Federación Francesa de Rugby ha destacado recientemente, apoyándose en los trabajos del Shift Project, vías para reducir las emisiones. Menos avión, equipamiento reciclado, racionalización de los desplazamientos. Una trayectoria necesaria, pero difícilmente compatible con los vuelos de ida y vuelta entre Europa y el sur de África.
L'empreinte carbone du football et du rugby français passée au crible https://t.co/nLIBtnbuNV
— Les Echos (@LesEchos) February 13, 2025
Una ecuación económica engañosa
Al argumento ecológico se suma una realidad financiera. Un vuelo Europa-Sudáfrica para un grupo profesional representa entre cien mil y doscientos mil euros, incluyendo billetes, logística y alojamiento. Un gasto asumido en nombre del atractivo de las competiciones, pero que genera dudas en un contexto en el que numerosos clubes vigilan sus presupuestos.
El rugby europeo ha apostado por la apertura. Más mercados, más visibilidad, más ingresos potenciales. Pero, ¿a qué precio real? Porque el coste de carbono no figura en ningún balance contable.
Esta disonancia alimenta un malestar creciente. En las gradas, como entre ciertos protagonistas del juego, la cuestión ya no es marginal. Se vuelve central.
El silencio de los protagonistas
Hemos contactado con la federación sudafricana, con la EPCR, así como con varias franquicias sudafricanas que participan en las competiciones europeas. Ninguna ha respondido a nuestras peticiones. Una fuente no oficial y cercana al asunto nos respondió, no obstante: «Es verdad que este apartado climático se dejó de lado desde el principio, nunca se puso realmente sobre la mesa.«
Un championnat de rugby européen avec 3 franchises sud africaines depuis cette année.
— ?? fred le gaulois ?? Uniondesdroites ?? (@FredGaulois) December 11, 2022
Voilà encore une superbe idée pour l'empreinte carbone, mais il parait que c'est bon pour le business alors …
On se moque bien de nous quand même !
Este silencio dice mucho sobre el apuro del momento. Porque reconocer el problema es ya admitir que el modelo actual es difícilmente sostenible.
Los defensores de esta apertura esgrimen argumentos deportivos. Mayor intensidad, diversidad de estilos, exposición internacional. Beneficios reales, pero que cuesta que contrarresten la huella medioambiental.
Un deporte en una encrucijada
Al rugby le gusta contar que defiende unos valores. Solidaridad, respeto, responsabilidad. En tiempos de cambio climático, estas palabras cobran un nuevo sentido.
¿Se puede seguir organizando competiciones llamadas europeas que implican desplazamientos intercontinentales masivos? ¿Se puede promover compromisos ecológicos mientras se multiplican los vuelos de largo recorrido? ¿Se puede, por último, ignorar el impacto de un solo partido equivalente a varios años de emisiones individuales?
En una tribuna publicada en Dicodusport, el ex internacional Julien Pierre amplía aún más el foco. Para él, el deporte ya no puede contentarse con ajustes marginales frente al cambio climático.
Julien Pierre, ex internacional francésLos aplazamientos de partidos recientes, provocados por condiciones meteorológicas extremas, ya no son excepciones, sino las primeras señales de un vuelco duradero. Generan desplazamientos inútiles, costes adicionales y un derroche energético considerable
En definitiva, detrás de estos episodios, es toda la organización del deporte profesional la que aparece debilitada. Julien Pierre pide cambiar de lógica, pasar de una reacción tardía a una «anticipación estructurada«, en la que el clima se convierta en un parámetro central de los calendarios y las decisiones. Y no al revés.
«Adaptar los horarios«, «repensar las infraestructuras«, «coordinar a los actores«, son otras tantas palancas concretas para construir un deporte más «resiliente«. Pero su conclusión resuena con una evidencia más incómoda. Si el deporte debe adaptarse al clima, también debe dejar de agravar la crisis. Y en ese marco, los vuelos de ida y vuelta intercontinentales del rugby europeo aparecen como una elección, pero cada vez más difícil de defender.
La cuestión supera, por tanto, al rugby. Afecta a la manera en que el deporte profesional se inserta en su época.
Existen alternativas. Reorganización de los formatos, agrupación geográfica de las fases, limitación de los desplazamientos lejanos… Vías señaladas en varios informes, pero todavía marginales en las decisiones.
Mientras tanto, cada fin de semana de Champions Cup (y de URC, por otro lado, donde también se integraron las franquicias «sudafricanas») saca a la luz la misma aberración. La de un deporte que corre tras su expansión, aunque deje atrás una huella de carbono cada vez más difícil de justificar.
La conclusión, lúcida, implacable: el balón ovalado sigue viajando y el planeta, por su parte, aguanta.
El gran desfase entre el discurso y la realidad
Desde el Mundial de 2023, organizado en Francia, el rugby ha descubierto una conciencia medioambiental. Los organizadores habían destacado la voluntad de reducir la huella de carbono del evento, trabajando en la movilidad, las infraestructuras existentes y la sensibilización del público. Un escaparate virtuoso, ampliamente elogiado.
Pero este voluntarismo choca de nuevo con una contradicción importante. Por un lado, compromisos públicos a favor de la transición ecológica. Por otro, una arquitectura de competiciones que multiplica los trayectos más contaminantes.
El informe del Shift Project dedicado al rugby señala precisamente esta incoherencia. Reducir el uso del avión se identifica como una palanca prioritaria. Sin embargo, en el caso de las franquicias sudafricanas, el avión no es una opción. Es una obligación.
Esta dependencia total hace que cualquier estrategia de descarbonización sea parcial, incluso ilusoria.
Un desgaste deportivo que se suma al coste climático
Más allá del medio ambiente, estos desplazamientos también generan dudas en el plano deportivo. Los trayectos de largo recorrido implican jet lag, fatiga, una adaptación exprés. Parámetros que influyen directamente en el rendimiento.
Algunos staffs mencionan internamente condiciones de preparación deterioradas, especialmente en el caso del UBB y del Stade Toulousain, que aspiran a lo más alto en Europa y para quienes cada punto ganado fuera de casa es precioso. Menos tiempo de entrenamiento, recuperación alterada, gestión compleja de las plantillas. El rugby moderno, ya sometido a calendarios saturados, se encuentra con una carga adicional.
Así, el coste ecológico va acompañado de un coste fisiológico. Una doble pena rara vez destacada en los discursos oficiales.
¿Banalización progresiva?
Lo más llamativo es quizás la rapidez con la que estos viajes se han banalizado. Lo que hace unos años parecía una excepción se ha convertido en rutina.
Los clubes se organizan, los jugadores se adaptan, las televisiones dan valor al cartel. Lo espectacular se impone sobre la reflexión, justo cuando los estadios de las competiciones europeas suenan relativamente vacíos.
Rugby Championship évidemment, le Tournoi ça n’a aucun sens.
— Janoh Mulo (@RomainIssart) October 16, 2019
Sans même parler d’empreinte carbone, y’a d’autres ouvertures à faire en Europe alors que ça paraît plus restreint au Sud https://t.co/7vIzgiVXKC
«En esa normalización, el riesgo es claro. El de un cegamiento colectivo, en el que la costumbre borra la cuestión del sentido«, se puede escuchar desde la liga de rugby de la Reunión, también limitada por problemas de desplazamientos.
Al final, la pregunta sería más bien sencilla. ¿Hay que recorrer media vuelta al planeta para mantener una competición que se reivindica europea?
El rugby no es el único deporte que se enfrenta a esta deriva, a diferencia de un balón redondo que organiza sus mundiales en pleno desierto, o en dos continentes a la vez, pero ofrece un caso de estudio, casi caricaturesco, de lo que produce la globalización aplicada sin salvaguardas.
Estas contradicciones se harán cada vez más visibles. Y cada vez menos aceptables en el futuro...
El terreno, por su parte, sigue siendo el mismo. Ochenta o noventa minutos, un balón, dos equipos. Pero alrededor, un decorado que cambia. Y con él, la responsabilidad de quienes organizan el juego…




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