A los 34 años, la ala deja tras de sí una huella inmensa, mucho más allá de los campos. Temida por su velocidad, respetada por su constancia, sigue siendo la máxima anotadora de la historia de la selección neozelandesa, hombres y mujeres incluidos, con 50 ensayos. Una estadística que resume el impacto de una jugadora capaz de decidir un partido con una sola arrancada.

Su palmarés, por su parte, roza la cima. Doble campeona del mundo en XV, coronada en 2017 y en 2022, Woodman-Wickliffe también brilló en el escenario olímpico de rugby 7, logrando el oro en Tokio en 2021 y luego en París en 2024, tras una medalla de plata en Río en 2016. Una colección excepcional que demuestra su longevidad y su dominio en dos formatos exigentes.

Pero la huella de Woodman-Wickliffe va más allá de los títulos. Sigue siendo la única jugadora coronada mejor jugadora del mundo en XV y en VII, una hazaña rarísima que ilustra su polivalencia y su influencia en la evolución del rugby femenino moderno.

De vuelta una última vez por deber y por pasión, se marcha ahora sin anunciar un regreso. Su adiós deja un vacío inmenso, pero también un legado duradero. El de una pionera, el de una finalizadora fuera de serie y el de una leyenda cuyas hazañas seguirán inspirando mucho más allá del helecho plateado.