Una final pobre en nivel de juego, pero rica en escenas insólitas y en imágenes para el recuerdo. Este Marruecos-Senegal, final de la CAN del domingo 18 de enero ganada por los Leones de la Teranga, trajo su ración de sorpresas. Y ver a los jugadores marroquíes, como en la semifinal contra Nigeria, correr tras la toalla del portero senegalés en pleno partido, protegida a toda costa por otro compañero, eclipsó casi por completo un juego gris. La toalla se convirtió así en objeto de fantasía. Un «amuleto», según los marroquíes, que servía a los hechizos de magos y brujos senegaleses para determinar el resultado de la final. El desenlace del partido terminó dando la razón a las supersticiones…
Más racional es la toalla en el rugby, deporte de manos y de sudor. Manos que agarran, llevan, pasan, lanzan, placan. Manos expuestas a la lluvia, al barro, a veces a la sangre. En este universo, la toalla no es una comodidad, sino una necesidad. Condiciona la precisión del gesto y, por tanto, en cierto modo, la supervivencia colectiva. El símbolo más evidente sigue siendo el del talonador, inclinado sobre la línea de touche, secando largamente el balón antes de su lanzamiento.
Édouard Mendy visé par des vols répétés de sa serviette tout au long du match. Joueurs, ramasseurs de balle, sécurité… Le gardien sénégalais a été constamment harcelé ! ??❌??
— Foot Mercato (@footmercato) January 19, 2026
Une attitude indigne d'une finale, qui a obligé Yehvann Diouf à devenir le "garde du corps" de la… pic.twitter.com/qq7QtZNYRS
Este gesto es casi sagrado. No tiene nada de superstición ni de teatro. Responde a una exigencia absoluta de control. Una touche mal lanzada puede decantar un partido. Y, de propina, ganarse el apodo de «pizzaiolo«. «Se habla a menudo del salto o del timing, casi nunca del balón«, comentaba Mathieu Blin, exjugador del Stade Français y hoy comentarista de Canal, hace unas semanas. Sin embargo, si está húmedo, puedes ser perfecto, no sirve de nada.» La toalla elimina el azar. Devuelve el juego al terreno del control humano. O no…
El talonador no es el único que recurre a ella. Hubo una época en que el medio melé se secaba las manos en las camisetas (preferiblemente en la del rival) antes de sacar un balón bajo presión. Después, con una toalla, entre una jugada y otra, una vez los fisioterapeutas en medio del campo. El botador, sobre todo, se toma su tiempo para secar el cuero antes de un golpe de castigo decisivo. En un rugby cada vez más rápido, donde cada error se traduce en sanción inmediata, la toalla actúa como una garantía mínima. No promete el éxito, pero elimina una variable.
C’est une dinguerie de voler des serviettes jusqu’à poursuivre des joueurs et pire des joueurs de leur equipe aussi voulaient prendre la serviette de Mendy pic.twitter.com/gsQND7u9VK
— Champion d’Afrique ???? (@Mignane_Basse) January 19, 2026
Descompresión, aislamiento
Juega también un papel más sutil, casi invisible. El del ritmo. Secar el balón es suspender el tiempo sin detenerlo. Unos segundos robados al caos para respirar, recentrar la atención, repetir mentalmente el gesto que viene. Un «paréntesis«, para varios aperturas. Es decir, un objeto de descompresión, de aislamiento, antes de asumir sus responsabilidades.
Está, por último, el ritual. El de la toalla siempre doblada de la misma forma. Colocada en el mismo sitio. Entregada por el mismo fisioterapeuta. Estos detalles tranquilizan a los jugadores en un entorno fundamentalmente inestable. Al rugby le gustan las rutinas, porque ofrecen constancia en medio del desorden. Son quizás, en cierto modo, la expresión que permite domesticar la violencia del juego. Y además, la toalla va de la mano con la pomada mágica, cuando un pequeño golpe viene a minar la confianza.
Et le prix de la meilleure sélection voleuse de serviette à la CAN est décernée au….. Maroc. pic.twitter.com/9vY9NkfjlW
— Pape Gueye a enterré le Maroc (@freezeomelette) January 19, 2026
A diferencia de otros deportes, el rugby no busca negar los elementos. Un deporte que convive con la lluvia, el frío, el barro. La toalla podría encarnar esta filosofía, y aunque no borra las condiciones, permite lidiar con ellas. Simple trozo de tela, un poco áspero o irritante, universal, sin tecnología ni sofisticación aparente, recuerda que el rugby sigue siendo un deporte profundamente material.
«En un campo de rugby, a nadie le extraña ver a un jugador secar un balón antes de un gesto clave.»
El episodio visto durante la final de la CAN llamó la atención porque trasladaba fuera de su marco habitual un objeto que, en el rugby, no sorprende a nadie. «En un campo de rugby, a nadie le extraña ver a un jugador secar un balón antes de un gesto clave, nos confía un formador. Forma parte del lenguaje del juego, discreto, pero esencial.«
La toalla nunca aparecerá en una hoja de estadísticas. No se le acreditará ninguna touche robada ni ningún golpe de castigo acertado. Y sin embargo, sin ella, algunos gestos fundacionales del rugby perderían su precisión. El lanzamiento del talonador, la recepción bajo presión, el golpe de pie de la victoria… Cada toalla tiene su historia y recuerda que el rugby también se juega en la atención a los detalles. Y a veces, la frontera entre la victoria y la derrota depende de un balón perfectamente seco…




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